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Titanic, la historia de una Europa dormida

octubre 28, 2011

Van a cumplirse pronto los 100 años de una fecha que conmovió al mundo: el 14 de abril de 1912 el RMS Titanic de la White Star Line hundió 1.517 vidas y proyectos a lo más profundo del oceano Atlántico.

Europa asiste estos  días a su hundimiento, y esta vez no es un barco el que se hunde junto a nuestros sueños, no, esta vez es la indecisión y la incapacidad de los estadistas que no saben el rumbo que tomar, y si Europa fuese el Titanic, no sería difícil hacer un símil entre la situación que vivimos y la cadena de acontecimientos que terminaron por causar tamaña tragedia en un barco que presumía de insumergible.

El Titanic y Europa zarparon rumbo a un oceano de oportunidades, a lo lejos se encontraban muchos proyectos conjuntos para gente de diversas nacionalidades que esperaban y rezaban por un mundo mejor, otros muchos ya tenían grandes fortunas y su destino era seguir administrándolas. Europa y el Titanic habían sido fruto del esfuerzo de muchas personas, muchos acuerdos y muchas cesiones a un lugar común en el que todos esperaban un futuro mejor…

Tener una plaza en Europa o el Titanic no era tarea fácil, requería de un gran esfuerzo de adaptación, disciplina y sacrificio para la mayor parte de los que aspiraban a subir al “barco de  los sueños”.

Pero lo lograron y en 2001 incluso Grecia se subió a un barco con la ilusión de que muy pronto la cohesión social y la igualdad de oportunidades harían de este barco un lugar en el que convivir en paz y armonía, tras un siglo que quedaba atrás repleto de guerras y muerte.

La ilusión de un espacio común para todos, nos hacía sentirnos iguales, pero muy pronto la realidad se hizo palpable, porque seguíamos divididos en clases y sin la posibilidad de compartir de facto los mismos espacios, no, el Titanic y Europa no tenían camarotes de igual categoría para todos sus miembros.

Sin embargo dentro no eran conscientes de ese lugar que ocupaban, en la apariencia el “barco de los sueños” surcaba para todos a la misma velocidad. En su interior, todos sus pasajeros veían como el pasado quedaba atrás, y a lo lejos ya algunos vislumbraban con su imaginación una tierra de oportunidades, donde lo que nos unía superaba con mucho  a lo que nos dividía, y así, subidos al “barco de los sueños” en que Europa y el Titanic se habían convertido, mucha gente  empezaba a enriquecerse, nadie tenía la sensación de que faltasen oportunidades porque los de tercera podían cantar y bailar, y la cena se servía caliente. Los de segunda veían muy cerca a una primera clase que ya parecía accesible, los de primera por su parte reían con su característica altanería, a la vez que compartían su frivolidad constante en torno a unos problemas que siempre se resumían a unos negocios que no incluían ni de lejos ese hueco necesario para que algún día las clases desaparecieran.

Titanic y Europa se dirigían a velocidad crucero hacia un destino común, este destino parecía claro,  además el cielo acompañaba y el sol brillaba con fuerza, todos sus pasajeros respiraban orgullosos el aire del triunfo, nada podía entorpecer su camino, ya nada podía detenerlos. Sin embargo, a mitad de camino empezaron a llegar los primeros avisos, íbamos demasiado deprisa y no muy lejos había muchos obstáculos a la vista, convenía frenar un poco e ir con precaución. Sin embargo sobre la mesa en la que el capitán compartía una cena en primera clase con otros poderosos pasajeros, no querían saber de avisos. Pavoneaban con el poderío de su “barco de los sueños”, hasta se retaban a ver si eran capaces de llegar incluso antes de lo previsto, no importaban los riesgos, ¡éramos insumergibles!

Los pasajeros de Europa y el Titanic veían un bello atardecer, el mar estaba en calma, una suave brisa animaba a soñar, todos creían que nada podía ocurrirles, y ponían sus vidas enteras a merced de un “barco de los sueños” que no podía fallarles, era sólido, majestuoso, se había construido con mucho esfuerzo y nadie, ni tan siquiera la naturaleza, podían pararlo. Craso error.

El sol se puso, pero no sabían sus pasajeros que el Titanic y Europa no iban a ver un nuevo amanecer,  muy al contrario, ellos continuaban su fiesta. Algunos en sus bailes y juergas ya gastaban incluso lo que no tenían, porque pronto llegarían a puerto y ya daría igual todo, habría riqueza y oportunidades de sobra. En medio de la fiesta de aquel último atardecer, el barco, henchido de orgullo, sólo dedicaba sus recursos a cosas banales, mensajes insensatos emitidos por doquier, derroche en medio de un oceano que sería la tumba de aquel “barco de los sueños” que seguía ignorando sistemáticamente los mensajes que le enviaban otros navegantes, estos habían observado unos peligros que se cernían sobre todo aquel que navegaba por encima de sus posibilidades.

Los ciudadanos y pasajeros de Europa y el Titanic no tenían en su mayoría preocupación alguna, “¿no nos podemos fiar de los guían este barco?, ellos seguro que saben lo que hacen”. Pero la noche gélida se había echado sobre nuestro “barco de los sueños”, el frío se podía masticar, el oceano sobre el que seguíamos a toda máquina parecía una alfombra plana, sin arruga alguna que pudiera detener nuestra marcha, y, cuando todo parecía ir mejor, desde la lejana América llegó un gran obstáculo, un gran bloque de hielo asomó frente a todos nosotros cuando nadie, ni tan siquiera los que dirigían este gran “barco de los sueños”, podía reaccionar y virar a tiempo su rumbo para esquivarlo, pronto, el bloque de hielo rajó la línea de flotación de Europa y el Titanic, dejando al descubierto lo que tantas veces nos habían advertido, y es que íbamos demasiado rápido, nuestro nivel de carga era excesivo y en absoluto Europa o el Titanic eran insumergibles. Efectivamente, el “barco de los sueños” que tantos años había generado envidia y expectación ante otros barcos, ahora sufría herido de muerte su arrogancia sin límites, y los que viajaban en ella al principio inconscientes: “¡mirad qué divertido!, hay un montón de hielo para jugar”, empezaban poco a poco a ver que en el ambiente algo no era normal, estábamos de repente detenidos, parecía incluso que escorábamos, ¿no era insumergible este proyecto común?.

Pronto los que dirigían el barco, ahora detenido en medio del gran oceano, dejaron de utilizar sus medios para cosas banales y empezaron (ya demasiado tarde) a pedir ayuda a otros barcos del entorno. El gran Titanic y Europa no eran tan infalibles, y sus ciudadanos estaban a merced de la incertidumbre, viendo poco a poco como la realidad se hacía evidente, y es que pronto descubrieron que no había botes salvavidas para todos.

Lo peor de todo esto es que los ingenieros, los técnicos y todos aquellos que podían resolver el problema, no terminaban de ponerse de acuerdo sobre las acciones a realizar, el capitán superado por los acontecimientos no sabía improvisar y se limitaba a dar órdenes siguiendo un viejo manual, pero el barco era demasiado grande. El capitán, incrédulo frente al que diseñó el barco, veía como este le avisaba de que quedaban pocas horas para hundirse, que había de inmediato que tomar medidas para salvar el mayor número de vidas posibles. Una vez que los dirigentes del barco se pusieron en marcha, se dieron cuenta de que ante ellos el panorama ya empezaba a ser caótico. En primer lugar muchos no obedecían las órdenes, especialmente en primera clase, donde seguían ciegos ante la evidencia, intentando aferrarse a un barco que hacía aguas, que escoraba minuto tras minuto y donde ya nadie estaba seguro. En tercera clase era todavía peor, los del furgón de cola veían como sus buenos tiempos de alegría y baile se habían detenido en seco, encerrados en sus espacios se daban cuenta indignados de que no tenían capacidad para hacer o decidir, todo lo decidían arriba unos pocos, y sus condiciones se iban volviendo cada vez más insoportables.

Europa y el Titanic seguían pidiendo auxilio, emitían señales de socorro, gastaban lo poco que quedaba, imponiendo medidas desesperadas ante un agujero ya demasiado grande, por el que entraba el desastre que ganaba paso a las bombas de achique, ni todas juntas podían hacer frente al poder de la realidad que ante ellos había chocado traumáticamente. La orquesta del Titanic y Europa sin embargo seguían sonando frente a la salida de primera clase. En cubierta decenas de ciudadanos y pasajeros se afanaban en subir a unos botes salvavidas, a veces medio vacios, que partían rescatados a ponerse a salvo, en segunda algunos también tenían la oportunidad de subir, pero otros muchos seguían abajo, esperando una oportunidad que no llegaba para ascender a cubierta y tratar de ponerse a salvo, porque ya sabían que aquello se hundía irremisiblemente.

Miles de personas pagaban las consecuencias de la negligencia de otros.

Cuando ya la situación era insostenible surgió la avaricia y la codicia, asomaron los poderosos para tratar de imponer sus normas y acceder a los botes salvavidas para salvaguardar su estilo de vida. Otros intentaban a la desesperada recuperar sus joyas y posesiones, sacarlas cuanto antes de aquel “barco de los sueños” que a esas horas ya mostraba con claridad su hélice despuntando sobre el oceano por el que antaño parecía circular con seguridad y sin que obstáculo alguno se interpusiese ante Europa o el Titanic.  Los gritos de indignación desde la tercera clase tornaron en violencia y pronto esos del “furgón de cola” se revolvieron contra su destino, rompiendo para ello las barreras, de esa forma consiguieron llegar a cubierta, pero era demasiado tarde, a lo lejos se podían divisar muchos botes salvavidas y gente que incluso a nado huían del Titanic o Europa y su fatídico destino.

El “barco de los sueños” ya poco podía hacer para salvaguardar su existencia, en un alarde de cinismo todavía sus dirigentes se reunían pensando que podían arreglar algo, pero los más avispados veían que ya sólo un milagro podía solucionar el problema. Con gran heroismo se seguían emitiendo mensajes de “auxilio” dirigidos a otros barcos, algunos incluso cercanos parecían no percatarse de este desastre. Muchos pasajeros ya resignados se sentaban en silencio o bien se desplazaban cubierta arriba intentando mantenerse a flote lo máximo posible. Cuando ya no había esperanza alguna el capitán gritó: “¡sálvese quien pueda!”, y con esos gritos el caos se recrudeció en toda Europa y el Titanic, sus ciudadanos  y pasajeros en cubierta ya apenas podían amarrarse, los mejor posicionados se habían escapado a tiempo y la mayor parte contemplaba con desesperación la oscura noche que hacía aún más aterradora la escena.

Finalmente Europa y el Titanic se hundieron, llevándose por delante miles de vidas, proyectos rotos, ilusiones deshechas, y unas consecuencias dramáticas para tantas y tantas familias que estupefactas vieron que el “barco de los sueños” no llegaba a su destino. Los lamentos eran enormes, todos los supervivientes se decían los unos a los otros lo que se podría haber hecho para evitar la tragedia, a su vez los que avisaron sentían lástima y rabia por ese cruel acontecimiento, pero ya era tarde y las consecuencias eran visibles tras una tragedia que se veía venir, pero que una vez más el orgullo y la prepotencia humanas, así como el reparto injusto de las responsabilidades y derechos entre todos los que conformaban un barco destinado a ser el germen y medio para llegar a un sueño común, terminaba por hundirse para siempre.

Por fortuna la memoria es el lugar en el que las lecciones bien aprendidas han de persistir, esperemos que en el futuro todos aprendamos de la experiencia, porque el próximo barco que podría hundirse ya no será Europa, será uno mucho más grande y en el que viajamos todos: nuestro planeta Tierra.

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2 comentarios

  1. Ni James Cameron lo hubiera secuenciado ni contado mejor.
    Sólo te ha faltado a Zapatero haciendo de capitán, y hundiéndose con el barco y a Rajoy dirigiendo la orquesta como solución a la catástrofe. Al final todos ahogados.
    Genial tu escrito.


  2. Muy bien traído, aunque ojalá el paralelismo no sea completo y la nave no llegue a hundirse del todo.



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