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Atasco, la palabra maldita (2)

noviembre 27, 2009

Atasco, la palabra maldita

El nivel de entropía en las grandes ciudades es muchas veces un efecto perverso causado por el pasado de esas propias ciudades. En muchas ocasiones las ciudades se han ido formando mediante oleadas de inmigración en épocas muy variadas, desde el éxodo campo-ciudad al actual urbanismo salvaje en el que de forma premeditada se levantan barrios isla de proporciones inmensas, por tanto muy coche dependientes. Indudablemente este desarrollo a trompicones causa por una lado una distribución no homogénea de la población y además rompe con la norma urbana de las polis griegas en las que el “ágora” debía situarse a una distancia razonable caminando, sin embargo las ciudades actuales en muchos casos sitúan a distancias irracionales los centros de ocio, trabajo y diversión, obligando en ocasiones a realizar desplazamientos kilométricos a sus habitantes para tareas comunes.

Si uno se fija en el pasado verá que las ciudades siempre crecían en “gremios” o calles especializadas dedicadas al comercio, es notorio porque hay montones de calles en distintas ciudades dedicadas a los “Bordadores”, “Herreros” y demás profesiones, aunque el tiempo en general ha ido trasladando la ubicación original de muchas de ellas por las diversas transformaciones urbanísticas. Estas ciudades “gremiales” no hacían necesario un desplazamiento masivo de la mano de obra porque la población vivía prácticamente donde trabajaba, algo que hoy es equivocadamente considerado como “un lujo”, y por aquel entonces todo atasco se resumía a los días de mercado en el que toda la producción se debía desplazar de los “gremios” al mercado y del mercado a otras poblaciones y viceversa desde otros pueblos y poblaciones que generaban el producto a vender en estas ciudades.

Sin embargo la revolución industrial y la producción masificada causó la perdida del sistema artesanal, con ello se necesitaron grandes fábricas y grandes cantidades de empleados como mano de obra que se tenía que desplazar a zonas periféricas donde las chimeneas de ladrillo crecían como setas. En aquellos primeros años los trabajadores se empezaban a aglomerar en los “suburbs” de las grandes urbes inglesas, todos nacidos en torno a la industria, con lo cual persistía aún el desplazamiento a pie como principal medio de transporte, pese a que ya en algunas ocasiones los desplazamientos empezaban a ser demasiado largos, por ello ya empezaron a articularse los primeros sistemas de transporte público urbano estructurados tal como los conocemos hoy en día, primeramente con carros tirados de caballo, pasando por los tranvías y naturalmente el metro, la joya urbana del transporte público.

Deberíamos centrarnos más en lo que supuso el cambio definitivo que definitivamente lastró nuestra red viaria, y esto fue la popularización del vehículo privado, en el caso de Madrid los años 60 marcaron el desarrollismo algo tardío que ya había arrasado buena parte de las grandes ciudades europeas, este mal llamado desarrollismo consistía en poder llegar a todas partes con el vehículo privado. Ya no estaba de moda utilizar el incómodo y lento autobús o el atestado metro, y en cierto modo los primeros pasos del desarrollismo fueron un acierto, muchas familias descubrieron la tranquilidad del vehículo privado, lo bien que te venía llegar a tu destino, aparcar y bajarte sin tener que preocuparte de poder perder un autobús. El problema sin embargo radicaba en la enorme ocupación de espacio que supone un vehículo, pronto todas las calles, empezando por las más céntricas empezaron a saturarse, acto seguido vino la consabida contaminación generada por esa saturación y finalmente muchos regresaron al atestado metro o lento autobús porque perdían los nervios en el atasco matutino.

Esto ha sido un resumen demasiado alocado de la irrupción de vehículo privado, pero convendría irnos a Estados Unidos para fijarnos en el caso de Nueva York y Los Ángeles, ciudades antagónicas que para favorecer la movilidad según crecían tenían conceptos muy diferentes.

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